Un viaje mágico al interior del sonido

Los diferentes miembros del quinteto de viento-madera desfilan solemnes hacia sus distintas butacas. Acomodados, comienza el ritual que prologa el concierto: los instrumentos se ajustan, la posición de la caña se revisa, las partituras se colocan en su sitio correcto y los músicos se miran los unos a los otros asintiendo. Está a punto de comenzar el viaje del sonido. La oboísta confirma la situación de alerta del resto del grupo. Sus músculos faciales se contraen. Sitúa sus dedos sobre las llaves del instrumento,  introduce la doble lengüeta en su boca e insufla una bocanada de aire. El tiempo se detiene unas milésimas de segundo. A continuación, exhala con seguridad un chorro de aire que perturba rápidamente la situación de equilibrio de la doble lengüeta. A consecuencia de ello, ésta se abre de súbito y debido a su cualidad elástica rápidamente se cierra para volverse a abrir, dado que el flujo de aire suministrado por el músico es constante. La situación descrita deviene en periódica y la doble lengüeta comienza a vibrar rápidamente en su frecuencia natural. La perturbación inducida por nuestra protagonista en la lengüeta no se detiene ahí, ya que adheridas a ésta se encuentran ingentes cantidades de moléculas gaseosas en estado de reposo que son perturbada de igual forma por el movimiento de vaivén de la doble lengüeta. En una suerte de efecto dominó, la perturbación incardinada en forma de energía mecánica encapsulada se va transmitiendo de unas moléculas a otras a una velocidad fugaz para alcanzar el extremo abierto del tubo. En este punto, la presión atmosférica, y por tanto su densidad, difiere ligeramente respecto a la del interior del tubo, de modo que la perturbación o cápsula del sonido no puede radiarse en su totalidad al aire externo ya que se encuentra con una barrera invisible generada por la diferentes presiones y densidades en un punto donde el aire interno del tubo conecta con el externo. Esa barrera imaginaria impele a la cápsula a regresar a su punto de origen en forma de reflexión, o dicho de otro modo, le impide seguir su camino con toda la energía que transmite, dado que una porción de su energía sí que consigue escapar al aire externo. Este asunto no es cuestión baladí, ya que para que el proceso sonoro se consuma de forma óptima es necesario que parte de la energía que llega a los extremos abiertos del tubo se refleje y vuelva en sentido contrario -cuestión que el lector entenderá unas líneas adelante-, de igual forma que sucede en el clavijero y puente de un instrumento de cuerda. Hablamos de la impedancia, una especie de resistencia invisible que la cápsula debe sortear. En pocas milésimas de segundo el pulso de onda -o cápsula imaginaria- alcanza el extremo de la lengüeta de nuevo. Justo en ese momento la lengüeta ha terminado un ciclo de vibración y se abre de nuevo para permitir la entrada de una nueva perturbación. De forma maravillosamente sincronizada, la nueva perturbación o pulso de onda se solapa con el pulso originario –nuestra cápsula con la información sonora- y el viaje descrito en el interior del tubo se repite de nuevo, y así sucesivamente unas cuantas veces más. La velocidad de crucero de nuestro diminuto vehículo sonoro es vertiginosa, en torno a 1200 Km/h. Las pérdidas de energía por su fuselaje son continuas debido a los constantes embates de las fuerzas de rozamiento e intercambios de calor con las paredes internas del tubo del instrumento, lo que va deteriorando progresivamente la microscópica nave sonora.

La situación ahora es crítica, ya que nuestra cápsula imaginaria debe ser capaz de excitar alguna de las frecuencias de resonancia o armónicos del tubo que permanecen adormiladas para que se produzca el fenómeno de resonancia que permita amplificar la energía que llega desde la lengüeta, de lo contrario el proceso sonoro no se consumará óptimamente. Por suerte, nuestra cápsula no está vacía, en su interior alberga cierta información de vital importancia para el músico, un mensaje sonoro: la frecuencia y amplitud del sonido emitido por nuestra protagonista, así como su duración, articulación, etc. Pero el asunto no termina ahí, dado que la lengüeta no vibra en una sola frecuencia a consecuencia de la perturbación, sino que lo hace en varias frecuencias relacionadas armónicamente, de acuerdo al principio físico-armónico. De manera que también incluye en su interior cierta información relacionada con el timbre, esto es, una colección de frecuencias armónicas que acompañan a nuestra frecuencia más grave, responsable de determinar la altura de la nota que ha tocado nuestra oboísta. La función de este conjunto de frecuencias armónicas con diferentes intensidades -determinadas por el diseño del instrumento, lengüeta, forma de emisión de la nota, etc.- es sumamente relevante dado que activarán en su destino final la sensación de timbre, esto es, servirán para que el oyente identifique la fuente o instrumento del que han nacido. Pero volviendo a la misión de nuestra cápsula en este punto, dado que en su interior alberga la frecuencia de vibración de la lengüeta y una colección de armónicos con frecuencias armónicas que siguen los números pares e impares de una serie armónica –f1, f2, f3, f4…-, consigue excitar sin grandes dificultades la frecuencia de resonancia correspondiente –con la ayuda inestimable de la digitación, presión y embocadura del músico-. Y cuando digo excitar, me refiero a que ambas frecuencias –una de la lengüeta y una frecuencia de resonancia del tubo- deben vibrar a la misma frecuencia, condición indispensable, por otra parte, para que sobrevenga el fenómeno de resonancia. Ello se lleva a cabo gracias a una serie de interferencias que se producen entre pulsos de ondas que viajan en un sentido del tubo y ondas que viajan en sentido contrario debido al fenómeno de la reflexión sonora que ya hemos apuntado anteriormente. Una vez producido este enganche de frecuencia, asistimos a un fenómeno francamente interesante, la resonancia. Un tipo de onda estacionaria hace su presencia de forma casi instantánea, mientras las ondas viajeras  –entre las cuales viaja nuestra nave imaginaria- que llegan desde la lengüeta se desvanecen, o dicho de otro modo, devienen invisibles. Nos encontramos ahora en el interior del núcleo sonoro, esto es, una especie de almacén de energía o combustible que se alimenta con la energía que va llegando de forma periódica en forma de pulsos de onda desde la embocadura del músico. Podemos imaginarlo como una gran caldera de energía mecánica que suministra la energía necesaria para que las diferentes ondas sonoras, puedan viajar hasta su destino final: el cerebro del oyente. La temperatura aquí es extrema. Los diferentes pulsos de onda generados en la embocadura deben llegar hasta esta central de energía para excitar los diferentes armónicos o frecuencias de resonancia que mantendrán el sonido, y para ello, como ya se ha dicho, es necesario que estos reflexionen en el extremo abierto del tubo. Sin embargo, en ocasiones esto no sucede tal y como se ha descrito, y las ondas viajeras originarias con la frecuencia natural de la lengüeta no se reflejan en el exterior del tubo, sino que se escapan a través de este, esto es, penetran y traspasan la barrera imaginaria de la impedancia para adentrarse en el medio hostil externo que les llevará hasta el oído del oyente. En estas circunstancias, el oyente percibe esa frecuencia aguda que no es ni más ni menos que la frecuencia natural de la lengüeta, pero sin respuesta resonante del tubo, es decir, carente de la energía necesaria suministrada por el núcleo sonoro –la onda estacionaria- para ser percibida como un sonido con calidad e intensidad suficientes. En otras palabras, el proceso sonoro se habrá abortado súbitamente y el oyente habrá percibido una especie de pitido.

Pero volviendo al viaje de nuestra cápsula sonora, una vez llegada al núcleo sonoro la información contenida en ella de frecuencia y timbre cambiará, ya que ahora la frecuencia dominante será la del armónico del tubo. Al mismo tiempo, su intensidad se incrementará considerablemente al repostar la necesaria energía del núcleo sonoro que la llevará a su destino final. Y por otro lado, su colección de armónicos se verá modificada y ampliada gracias a la acción resonadora del tubo. En otros términos, la información de la cápsula se actualizará y saldrá ampliamente reforzada y reparada de su estancia en el núcleo sonoro y, lo más importante, con el suficiente combustible para llegar a su destino. Pero el viaje no ha hecho más que comenzar y la situación deviene ahora en caótica. La nave ha entrado en un bucle frenético. De forma sorpresiva ha quedado atrapada en un vientre de vibración de la onda estacionaria del que no parece fácil zafarse. Se trata de una especie de agujero negro que succiona y propulsa el vehículo al mismo tiempo en una espiral infinita. Felizmente, el pilto automático logra estabilizarla y la sitúa, a salvo, sobre una de las paredes del tubo. La visión frontal desde el interior de la cápsula simula una inmensa pista de despegue hacia el extremo abierto del tubo, donde le espera la barrera imaginaria de la impedancia. Ésta constituye la salida de nuestra cápsula al medio externo mediante el cual podrá llegar a su destino, de modo que es de vital importancia traspasarla, de lo contrario, volvería a reflejarse en ella y quedaría encerrada en el núcleo sonoro trasformándose rápidamente en calor. Ello abortaría irremediablemente la vital misión de nuestro vehículo sonoro. El piloto automático pone ahora a disposición de la nave toda la energía mecánica posible para iniciar el despegue. Mimetizada con otros pulsos de onda procedentes de la embocadura del músico, la cápsula, henchida ahora de energía gracias a su repostaje en el núcleo, inicia su frenética carrera hacia el hostil medio externo y en pocos nanosegundos se encuentra en el extremo abierto del tubo. Imagínense ahora una cápsula espacial entrando en la atmósfera. La resistencia que opone la impedancia genera rozamientos, fricciones y notables pérdidas de energía. Atrás queda una pared de fuego y una nueva dimensión se abre. Comienza la segunda fase del viaje.

Lo que sucede a continuación es asombroso. La cápsula se encuentra de repente en un vasto campo, casi infinito, de millones de minúsculas moléculas gaseosas conectadas unas con otras en estado de reposo, como suspendidas en la nada. Se disponen en todos los planos perfectamente alineadas y solo puede apreciarse sus contornos, el resto permanece trasparente. En diferentes puntos emergen distintos objetos como si se tratase de montañas. Sin tiempo para deleitarse con el onírico paisaje, la energía mecánica de nuestra cápsula perturba rauda las moléculas adyacentes a la barrera externa de la impedancia y disemina entre ellas la información sonora en ella contenida. De súbito, comienza un maravilloso baile en una suerte de crisol animado esférico. En efecto, millones de moléculas conectadas por sus brazos y en estado de reposo comienzan literalmente a bailar. A priori, el baile es sumamente simple, ya que consta de cuatro sencillos pasos que se repiten periódicamente 440 veces en un segundo. En un primer paso, las moléculas que han sido perturbadas se mueven hacia sus extremos hasta un punto determinado por la energía que transmiten y por la elasticidad del medio, adquieriendo el máximo de energía potencial y aceleración; a continuación, regresan a su punto de equilibrio gracias a la fuerza restauradora de la elasticidad del medio, tomando el máximo valor de energía cinética y velocidad; en el tercer paso interviene la inercia, que conduce a la molécula a su otro extremo; por último, en el cuarto paso de baile la molécula colisiona con su vecina y recibe una porción de energía mecánica de ésta. Es el paso más importante ya que en éste se transfiere la energía mecánica con la información sonora que debe llegar al oído del oyente. De esta forma se completa un ciclo del baile en un período de tiempo que dependerá de la frecuencia de vibración de las moléculas. Sorprendentemente, las moléculas no solo bailan a 440 ciclos por segundo, también lo hacen  a 880, 1320, 1760, etc., y lo más fascinante, de forma simultánea. Los efectos del fenómeno físico-armónico hacen acto de presencia y las moléculas bailan al mismo tiempo a frecuencias múltiplos de la frecuencia del baile más lento, siguiendo un extraordinario patrón de frecuencia establecido por la denominada serie armónica. En resumen, millones de moléculas bailan a las mismas frecuencias de forma sincronizada completando el baile más lento de cuatro pasos en 0,002272 seg. El espectáculo es fascinante, ya que al tiempo que las moléculas bailan, trenes de ondas avanzan en el área de una esfera dibujando zonas sombreadas que alternan con otras menos intensas. Hablamos de los nodos y vientres, zonas de máxima y mínima presión que en el curso de la propagación sonora se generan por las variaciones de la presión atmosférica. Las zonas de máxima presión o vientres corresponde con los puntos donde las moléculas transfieren su energía colisionando unas con otras –el cuarto paso de baile-, mientras que las zonas de mínima o cero presión corresponde con los puntos donde las moléculas se mueven hacia sus lados –segundo y tercer paso de baile-. La temperatura aquí es ligeramente inferior a la del interior del tubo del instrumento, por lo que la velocidad de crucero desciende levemente.

En esta coyuntura, nuestra cápsula sonora se cuela tímidamente entre las moléculas y comienza un viaje turbulento. Las moléculas cobran vida propia y la zarandean entre ellas, traspasándola de unas a otras al tiempo que bailan incesantemente. Los acontecimientos ahora discurren rápidamente y el viaje deviene en una odisea con condiciones extremas: obstáculos que encuentra la cápsula en su viaje y que debe sortear difractándose, superficies inaccesibles en las que debe reflejarse, rarefacciones en distintas paredes, cambios abruptos de presión, intercambios de calor entre las superficies y nuestra cápsula, rozamientos con los obstáculos, pero también entre las moléculas que transmiten a la cápsula hacia su destino. El resultado de todo ello es un consumo considerable de energía por parte de la nave sonora y, por consiguiente, un debilitamiento de la información codificada que trasporta hacia el oyente.

Pero no todo son malas noticias, afortunadamente nuestro vehículo todavía tiene la oportunidad de repostar algo de energía para terminar su largo viaje. Nos encontramos ahora próximos a la tercera fase del viaje. La cápsula, visiblemente deteriorada, ya vislumbra a lo lejos la entrada a esta última fase, el pabellón auricular –la oreja de nuestra oboista-, que le llevará hasta el destino esperado. Antes, sin embargo, todavía sufrirá un inesperado y feliz percance. En la misma entrada del pabellón auricular, continuos trenes de ondas llegan procedentes de otras direcciones para interferirse con el tren de ondas en el que viaja nuestra cápsula. El escenario bien podría pasar por el gigantesto hall de una estación de trenes con un ingente tráfico. Sorprendentemente, la información sonora que transmiten estos trenes de ondas es prácticamente idéntica a la de nuestra cápsula. Efectivamente, estos trenes proceden de la misma fuente, nuestro oboe, pero han alargado ligeramente su viaje al encontrar diversos obstáculos que han tenido que sortear gracias al concurso de diferentes fenómenos sonoros tales como la reflexión difracción y rarefracción. Por consiguiente, la información que transportan es la misma que la de nuestra cápsula y, en consecuencia, la energía mecánica se suma con las constantes interferencias sonoras. Así que nuestro pequeño vehículo sonoro recibe un extra de energía suministrada por los inesperados trenes de ondas -una especie de repostaje en vuelo- que le servirá para completar su viaje. Sin embargo, antes de llegar a ese destino, debe atravesar un sofisticado y eficiente sistema de transmisión sonora, el sistema auditivo, no exento de ciertas contingencias.

La entrada a la tercera fase se lleva a cabo en el oído externo, primero en el hall del pabellón auricular y a continuación por el canal auditivo, un pequeño conducto de unos 25 mm de longitud que al mismo tiempo funciona como un resonador cilíndrico cerrado y, por tanto, posee una frecuencia de resonancia que se sitúa entre 3000 y 4000 Hz. Las moléculas alojadas en este conducto conducen a la cápsula hacia una especie de membrana elástica de unos 10 mm de diámetro, orientada oblicuamente de arriba abajo y cóncava hacia su exterior. Los trenes de ondas que llegan a la membrana junto con nuestra cápsula la hacen vibrar periódicamente a la frecuencia de la nota que ha tocado nuestra músico. La situación ahora es francamente delicada. La cápsula se encuentra en la puerta del tímpano que vibra incesantemente en una suerte de membrana de un timbal. Rápidamente traspasa esa membrana y se encuentra al otro lado una oscura cámara, solo tenuemente iluminada por hilillos de luz que se cuelan por la membrana timpánica procedentes del exterior. El amplio habitáculo alberga la sala de máquinas del sistema auditivo, la cadena de huesecillos. Nos encontramos ya en el oído medio, una gigantesca maquinaria hidráulica de huesecillos que funciona perfectamente sincronizada, el martillo, el yunque y el estribo. Esta cadena se activa rápidamente ya que el martillo está conectado al tímpano. El ruido aquí es ensordecedor por los insoportables chirridos de las articulaciones de los huesecillos que se alternan con las vibraciones extremas del tímpano y el incesante bombeo percutivo del estribo en la ventana oval, la entrada al oído interno. En una suerte de palanca, estos huesecillos, que son los más pequeños del cuerpo humano y que dejan de crecer cuando nacemos, transmiten la vibración del tímpano al oído interno, la cóclea, incrementando la fuerza 1,3 veces y por tanto la presión, debido a que el interior de la cóclea esta relleno de un líquido y por lo tanto la transmisión de la energía sonora debe hacerse ahora por un medio más denso que el gaseoso por el que se transmite en el canal auditivo, lo que supone que va a encontrar una mayor impedancia o resistencia a la transmisión. Sin embargo, esta resistencia se suple con el incremento de fuerza que provee el sistema de palanca de los huesecillos y por la diferencia de áreas entre el tímpano y la ventana oval. En la superficie inferior de la cámara discurre un conducto en dirección a las vías respiratorias, se trata de la Trompa de Eustaquio. Sin embargo nuestro pequeño vehículo no puede desviarse de su trayecto. El medio de propagación ahora es sólido, así que la cápsula debe ser capaz de deslizarse por los huesecillos para llegar al oído interno. El piloto automático reconduce la dirección de la nave y la sitúa sobre el martillo adherida a éste con una sustancia cerosa que ha podido recolectar en su travesía por el canal auditivo y que le ayudará a deslizarse por los huesecillos. Rápidamente se lanza por el improvisado tobogán óseo y en escasos nanosegundos se encuentra en el estribo, que cierra la entrada al oído interno.

En una pequeña rendija situada entre el estribo y la ventana oval la cápsula se cuela velozmente y un escenario totalmente nuevo hace acto de presencia, una especie de gran lago con dos amplios canales a cada lado: el de la izquierda, con un gran vestíbulo con tres conductos, denominados canales semicirculares, que registran los movimientos del cuerpo y son los responsables de mantener el equilibrio; en la parte derecha, la cóclea, un gran canal con forma de caracol en varios niveles. El veloz viaje por el tobogán óseo prologa una travesía menos lúdica. El medio de propagación de nuevo cambia, de modo que el vehículo de trasporte de nuestra cápsula son ahora las moléculas líquidas. Este líquido interno entra vibración rápidamente como consecuencia de las periódicas percusiones del estribo en la entrada oval, generando olas viajeras que se propagan a través del lago. La nave guiada por el piloto automático se posa ahora en una de estas inmensas olas y comienza un furioso viaje por el lago, el cual se encuentra dividido en tres secciones. La sección inferior, denominada rampa timpánica y la superior, conocida como rampa vestibular, se conectan a través de un pequeño orificio, el helicotrema, ubicado hacia el vértice del caracol. La cavidad central es la partición coclear o rampa coclear. La rampa vestibular se comunica con el oído medio a través de la ventana oval, y la rampa timpánica lo hace a través de la ventana redonda. En su navegación por este lago imaginario, la cápsula llega a la partición coclear que contiene la membrana basilar, una membrana elástica sobre la que se encuentra el Órgano de Corti. El paisaje ahora es asombroso, una especie de estructura contiene unas 3600 células ciliadas internas y unas 12.500 externas dispuestas en tres hileras. Lo que sucede a continuación constituye la clave por la cual discriminamos la sensación de altura o tono. Frecuencias diferentes en la entrada de sonido causan que diferentes áreas de la membrana basilar vibren. Los receptores del Órgano de Corti se reparten en 25 bandas o áreas discretas -conocidas como bandas críticas- de 1,3 mm de longitud abarcando unas 144 células receptoras internas cada una que cubre el rango perceptivo de un oyente medio, esto es, entre 20 y 20.000 Hz. Cuando la presión del sonido se transmite a los fluidos del oído interno a través del estribo, la onda de presión deforma la membrana basilar en una zona concreta en función de la frecuencia de dicho sonido. Las frecuencias altas actúan sobre la basilar de la base de la cóclea y las bajas frecuencias sobre la del ápex. Dado que la frecuencia que trasporta nuestra cápsula es de 440 Hz –el La patrón-, esto es, una frecuencia media, la membrana basilar se deforma en una zona media y ésta actúa sobre la parte externa de las células ciliadas que son excitadas. Estas células comienzan literalmente a bailar como consecuencia de la energía que han recibido de la membrana basilar. Sin embargo, puede vislumbrarse en la vasta llanura como algunas de estas células cilíndricas, especialmente las que responde a las frecuencias agudas, han sido mutiladas debido a la exposición prolongada de nuestra músico a frecuencias agudas en intensidades altas. El resultado es una ligera pérdida auditiva de la oboista a esas frecuencias, lo que irremisiblemente se irá acentuando con el paso del tiempo. A continuación sucede algo mágico. Nuestra nave consigue penetrar la delgada membrana de una de estas células y se introduce en su interior. Imagínense ahora un vehículo eléctrico que ha parado a repostar en una estación. La energía mecánica de las ondas que han llegado a estas células se transforma instantáneamente en impulsos eléctricos, denominados potenciales de acción. De manera que la energía mecánica de nuestra cápsula es sustituida ahora por energía eléctrica para completar su trayecto.

El viaje está próximo a su fin, pero la cápsula todavía debe atravesar imbricados conductos hasta llegar a su destino final. La parte interna de estas células ciliadas en forma de cilindros  están conectadas a los nervios acústicos, unos vastos canales -algo así como una gran autopista- por los que discurre la información sonora encapsulada hacia nuestro cerebro, de manera que se introduce velozmente por uno de estos canales propulsada por un impulso eléctrico. Súbitamente se encuentra inmersa en un viaje vertiginoso por una serie de oscuros conductos solo ligeramente iluminados por un fino halo que desprende la energía eléctrica que trasporta. Curvas fugaces, caídas vertiginosas, giros imposibles. El viaje de nuestra cápsula ha llegado ahora a los intrincados circuitos neuronales que le llevarán al ansiado destino. Algo fascinante está sucediendo. Las conexiones entre los distintos conductos se llevan a cabo a través de las dentritas y axones, y en ellas, se producen constantes detonaciones eléctricas mediante sinapsis, que impulsan la cápsula en su viaje por estos conductos. Las explosiones eléctricas por esta red infernal son continuas. Sin tiempo para recuperarse del frenético viaje, la cápsula llega a una inmensa sala de aspecto aséptico y con un color blanco resplandeciente, el hipocampo, un área de la corteza cerebral que se ubica en el interior del lóbulo temporal y que está relacionada con la memoria. Podemos decir que el viaje pasa ahora de una dimensión física a otra psíquica, lo que lo hace más interesante si cabe. En la sala se disponen perfectamente ordenadas y en distintos niveles infinitas hileras compuestas por una especie de camas receptoras vacías conectadas a miles de neuronas. Cada una de ellas alberga codificada una secuencia de información sonora particular, procedente de un estímulo externo, que ha sido consolidada a través de años de entrenamiento musical por parte de nuestra músico. En rigor, se trata de patrones de información sonora consolidados que deben ser evocados o excitados por un estímulo sonoro -en el caso que nos ocupa, por nuestra cápsula sonora- para producir una sensación sonora. Inmediatamente, una de las camas receptoras se ilumina de forma intermitente con un color azulado intenso, y nuestra cápsula se ve sorprendentemente atraída hacia ella como si de un imán se tratara. La cama receptora se ha activado al coincidir su información codificada con la de nuestra cápsula. En pocos nanosegundos se produce el ensamblaje de la cápsula en la cama receptora y la luz azulada se transforma en un intenso verde. El fuselaje de la cápsula se desvanece mágicamente y la información interna codificada se transfiere a la cama receptora de forma holográfica para decodificarse. De repente, se produce una repentina explosión y miles de impulsos eléctricos salen proyectados de la cama receptora por las neuronas a las que está conectada hacia otras áreas del cerebro, como si de un castillo de fuegos artificiales se tratara. El viaje se ha completado con éxito y un feliz acontecimiento toma lugar, ha nacido un nuevo sonido. En ese preciso instante, las pupilas de nuestra músico protagonista se dilatan y experimenta una agradable sensación sonora caracterizada por un tono a 440 Hz, una sonoridad y duración determinada y un timbre particular. El resto de componentes del grupo perciben al mismo tiempo la sensación sonora de forma idéntica e inmediatamente ajustan sus instrumentos a ese sonido de referencia. El concierto puede empezar.

 

Nota: este relato corresponde a una descripción simplificada del proceso sonoro protagonizada por una cápsula imaginaria, una especie de vehículo sonoro que transporta la energía mecánica, responsable del sonido, con toda su información codificada hacia el oyente, para transformarla en una sensación sonora. La narración se centra en la producción de un sonido La patrón a 440 Hz por una oboísta, en el contexto de un concierto de cámara de un quinteto de viento-madera, y su ulterior sensación sonora como consecuencia de la recepción y percepción del sonido en cuestión. La crónica novelada, con ciertas dosis de ficción, transcurre en el tiempo de 32 milisegundos. Obviamente, el final descrito diferirá considerablemente en función del oyente. En un oyente aficionado o sin conocimientos musicales nuestra cápsula no se hubiese ensamblado con su cama receptora, y por tanto, la sensación experimentada hubiese sido muy diferente a la de nuestra músico protagonista. Por consiguiente, aunque el final de la historia no es extrapolable a cualquier oyente, solo a músicos profesionales o avanzados, el resto del relato se ajusta fielmente a la realidad.

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