Sofía la violinista y su audición a la Orquesta Nacional

Sofía se había levantado hoy un tanto alicaída y desanimada. La monotonía y la falta de motivación le estaban afectando seriamente a su estado de ánimo, y la procastrinación le empezaba  a hacer huella en su rutina diaria. Ya hacía cuatro años que había finalizado sus estudios superiores de música en la especialidad de violín y no había logrado encontrar un trabajo estable todavía. Sus únicos ingresos provenían de sus conciertos amenizando bodas o eventos de cualquier tipo con un cuarteto de cuerdas que había formado con sus compañeras del conservatorio. También impartía clases en la escuela de música de la banda de su pueblo. Ocasionalmente ofrecían algún concierto de cámara en pequeños auditorios y salas de concierto, y participaban en concursos, lo que contribuía a mantener su nivel técnico y artístico. Además de esta actividad, el resto del tiempo lo ocupaba estudiando con su violín, leyendo, ensayando con sus amigas y practicando deporte.

Hoy Sofía tenía ensayo con su cuarteto de cuerda por la tarde, por lo que rápidamente se repuso de su ensimismamiento. Los días de ensayo con sus amigas eran especialmente entretenidos y satisfactorios. Al término del ensayo se iban a tomar unas cervezas, como solían hacer siempre. De esta forma compartían entre ellas sus problemas y sus vivencias.

-Sofía, te has enterado que han ofertado una plaza de ayuda solista para la Orquesta Nacional? –le comentó su amiga Rocío-.
-En serio? –le espetó Paula-. Hace mucho tiempo que no ofertan ninguna plaza a orquestas sinfónicas!
-Parece una buena oportunidad, no crees? Se jubila el ayuda solista, Luis Pérez –añadió Rocío-
-Sí, pero ya sabes, una plaza para muchos candidatos, y de todo el mundo, imposible! –exclamó Sofía. Pero bueno, hay que intentarlo, por supuesto. Sería un lujo poder tocar al lado de Santiago Valiente, el concertino de la orquesta, mi ídolo.

Desde que finalizó sus estudios de música Sofía se había presentado a varios procesos de selección de orquestas, especialmente, de Europa. Y aunque no había superado ninguna, había adquirido una valiosa experiencia de la que no era totalmente consciente. Ahora, se le presentaba una nueva oportunidad. Una ocasión para poner en práctica todas sus competencias y habilidades.

Al día siguiente se lo comentó a sus padres. Como en otras ocasiones, sus padres apoyaron su decisión. Desde los 6 años Sofía había convivido con su violín y sus padres habían constituido su mejor apoyo. Y aunque la familia de Sofía era humilde, siempre se habían esforzado por procurarles una carrera a sus hijos, a costa de renunciar a muchos caprichos y gastos más innecesarios. Los gastos ocasionados por los instrumentos, el coste de la carrera, el alquiler de la vivienda, el máster de interpretación en Alemania. Ahora de nuevo debían hacer un esfuerzo económico con su hija. Tenían que costear su viaje a la capital para concurrir a las audiciones a la Orquesta Nacional, ya que los ingresos de Sofía apenas le daban para pasar el día a día.

Sofía disponía ahora de tres meses para preparar el proceso de selección. Tiempo suficiente para acudir preparada a la cita e intentar la hazaña. En primer lugar se planificó una exigente agenda de estudio diaria. Dos sesiones de dos horas con un descanso de 15 minutos por la mañana, y lo mismo por la tarde. Les comentó a sus amigas que no la llamaran en este tiempo para ninguna actividad. Se enclaustró en la casa de sus padres y comenzó su entrenamiento diario. Solo interrumpido por las comidas diarias y para salir a correr por la montaña. Además, contactó con Carlos, su profesor de violín de la carrera, para tomar algunas clases y preparar la audición con garantías.

Tres días antes de marchar a la capital para participar en las audiciones Sofía tuvo un momento de debilidad: “Papá no voy a ir a las audiciones. No vale la pena. Es algo imposible para mí superar la audición. Solo es posible en mis sueños”. Su padre tuvo una larga conversación con ella y logró convencerla para que concurriera a las audiciones: “Sofía tu puedes conseguirlo, estás preparada. Has trabajado muy duro para ello y es una oportunidad única. No puedes tirar la toalla ahora. Confía en ti, puedes hacerlo!”

Después de este tiempo llegó la gran cita. Un lunes por la mañana a las 9,00 h debían concurrir al proceso de selección los candidatos debidamente acreditados. La noche anterior Sofía había dormido en un pequeño hostal cercano al Auditorio Nacional, sede de las pruebas. Esa mañana se despertó mucho antes de la hora establecida. Desayunó frugalmente y se fue caminando hacia el auditorio con paso firme. No quería llegar tarde. Su padre siempre le había dicho que la puntualidad era una de las mejores virtudes.

Al llegar al Auditorio preguntó en la puerta a una persona que le indicó donde debía acudir. Entró en el Auditorio y miró hacia todos los lados con asombro. Era fascinante. Un inmenso hall se abría a sus ojos. No pudo evitar acercarse a una puerta frontal para asomarse. Lo que vio fue algo asombroso. La sala sinfónica de conciertos. Una inmensa y solemne sala llena de butacas con el escenario dispuesto en el centro de la misma. Cerró los ojos y pudo imaginarse durante unos instantes tocando con su violín en aquella sala abarrotada de público y vitoreándola. Cerró la puerta y caminó por un pasillo situado en la parte derecha que le condujo a la sala de calentamiento. El sonido de los violines brotaba de la sala. Frases musicales se entrecruzaban con sonidos aislados. Cuando llegó, miró a su alrededor para ver a sus competidores. Pudo contar en torno a 60 violinistas de numerosos países. Algunos de ellos los reconoció de otras oposiciones o de compañeros de estudios. El ambiente era tenso. En este tipo de pruebas el individualismo siempre imperaba.

Abrió su maletín y cogió su arco. Comenzó a aplicarle resina de forma mecánica. Cuando hubo terminado situó el arco sobre las cuerdas. Emitió varios sonidos y sacó el afinador de su maletín para proceder a testear la afinación. La temperatura en la sala era alta, por lo que tuvo que aplicar retoques en la afinación. Tocó algunos pasajes de la obra obligada que comportaban una mayor dificultad. Revisó mentalmente toda la obra. Sin embargo, enseguida recordó el consejo de Carlos, su profesor: “Sofía, unas horas antes de una audición no debes tocar ya nada. Relájate y piensa en algo que te haga feliz. Y cuando empieces a tocar recuerda estas palabras: confianza, seguridad, concentración, deleite y emoción”. Estas eran las 5 palabras que Sofía repetía constantemente antes de comenzar una audición o concierto. Dejó su violín sobre el maletín y pensó en su familia, en sus padres y hermanos, en su abuela que vivía con ellos. Pensó en los buenos momentos que solía pasar en verano con ellos en la casa del pueblo. Cerró los ojos, intentó relajarse y comenzó a respirar profundamente. Su turno era el 26. Casualmente era su edad, así que pensó que eso podría constituir una premonición.

La prueba constaba de dos ejercicios de carácter eliminatorio. El primero se trataba de una interpretación de una obra obligada. Una de las composiciones de referencia para el violín. La segunda consistía en interpretar una selección de solos orquestales representativos del repertorio orquestal violinístico.

Los aspirantes iban entrando y saliendo de la sala de audición con su instrumento y su partitura, según iban completando su audición. En ocasiones Sofía no podía evitar dejar de mirarles a la cara cuando salían de la sala, e imaginaba el tipo de prueba que podían haber realizado. Pensaba, quien será el afortunado?

De repente oyó su nombre en voz alta y un escalofrío le recorrió su cuerpo. “Sofía García, su turno!” Cogió su violín y el arco y avanzó por el largo pasillo que conectaba  la sala de calentamiento con la sala de audiciones. El trayecto se le hizo interminable. Pudo reconocer en las paredes varios retratos de directores y músicos que habían formado parte de la Orquesta Nacional. Sus ídolos. Daba la impresión que todos le estaban mirando. Eso le generó más presión si cabe. Traspasó la puerta y una sala rectangular de aspecto aséptico se le mostró frente a sus ojos. En la parte derecha de la misma se hallaba el escenario sobre una tarima de madera de roble con un piano de cola y el pianista acompañante, además de un atril para el aspirante. Constituía su zona de audición. En la parte izquierda una gran mesa donde se hallaban sentados los miembros del Tribunal evaluador. Pudo reconocer al que estaba sentado en el centro de la mesa, ya que se trataba del director actual de la orquesta. También al concertino, Santiago Valiente, que estaba sentado en su parte derecha, su ídolo desde que a la edad de los 15 años Sofía decidiera que quería dedicarse a la música profesionalmente. Cruzó una mirada con él y notó como el ritmo cardíaco se le aceleraba. Sofía siempre había venerado a Santiago, era su referencia, y ahora estaba frente a él, con la única compañía de su violín. Debía impresionarle produciendo música con su instrumento en una vía en la que pudiera emocionarlo, ya que la competencia era voraz.

Sofía accedió al escenario por unas escaleras laterales. Se dirigió a su atril y lo retiró de su posición. Había decidido tocar de memoria. Sofía utilizaba la memoria visual y la auditiva para tocar sin partitura, aunque ello constituía un gran riesgo. En la última prueba a la que concurrió tuvo un error grave en un pasaje crítico, lo que le supuso la eliminación de la prueba. La memoria le traicionó por un fallo de concentración. Ese contratiempo no había podido superarlo todavía, y cuando practicaba el pasaje en su sala de estudio todavía tenía inseguridad, miedo al fallo. Algo que los músicos deben superar a base de tocar muchas veces en público. Sin embargo, Sofía decidió actuar de memoria. Una vez retirado su atril, se dispuso a afinar con el piano.

Cerró los ojos y el tiempo se detuvo unos instantes. Era el momento de máxima concentración para ella. En su cabeza resonaban todos los sonidos de la obra perfectamente ordenados como si de un inmenso puzzle musical se tratara. Había tocado esa obra miles de veces. Conocía cada una de sus notas y silencios, su digitación, sus frases, su armonía, etc. Tenía confianza en sí misma. Abrió los ojos y miró a la mesa del Tribunal. El Presidente del Tribunal le miró y le dijo: “señorita Sofía, está lista? Sofía asintió levemente. “Puede comenzar cuando quiera entonces” -sentenció. Sofía miró al pianista sin apenas girar su cara y asintió. Respiró profundamente y cerró los ojos. Entonces el pianista comenzó la introducción de la obra. Los sonidos del piano comenzaron a transitan velozmente por sus circuitos neuronales inundando su psique. Su hipotálamo, situado en el sistema límbico, rápidamente ordenó a sus glándulas suprarrenales la liberación de adrenalina y otras hormonas directamente al torrente circulatorio. Situó el arco sobre las cuerdas y una diminuta gota de sudor le recorrió lentamente la frente. Era la hora de actuar. Se había preparado durante muchos años para esto y tenía que poner en práctica todas sus competencias, habilidades y conocimientos en unos pocos minutos. La tensión era máxima. Sabía que la clave radicaba en emocionar a los miembros del Tribunal. No era suficiente con ejecutar técnicamente la partitura. Tenía que emocionarlos. Debía dejarse llevar por la música. “Si disfruto yo, lo harán también ellos” -pensó.

Cuando el pianista finalizó la introducción de la obra, Sofía lanzó con decisión el arco sobre las cuerdas y el sonido del violín hizo su presentación. Entró en el compás 26. Otra señal? Un sonido timbrado y corpulento inundó de súbito la sala y las frases musicales comenzaron a brotar a borbotones por la caja del instrumento. Los miembros del tribual se miraron entre ellos condescendientes y expectantes. Santiago pensó cómo era posible que emanara tal volumen de sonido de aquel violín.

El discurso musical comenzó a fluir dinámico y enérgico y Sofía estaba realmente disfrutando de la música con su violín. Había entrado en un estado de éxtasis. Se dejó llevar por la música y la emoción le embargaba. Su depurada técnica le procuraba confianza y seguridad en los pasajes críticos y los giros expresivos conseguían conectar con las emociones de los miembros del Tribunal. Sofía estaba produciendo una música personal, emotiva y al mismo tiempo placentera. Al finalizar el desarrollo de la obra, y una vez ejecutada la cadencia que había diseñado ella personalmente, esperó a las indicaciones del tribunal para terminar su intervención, pero sorpresivamente no llegó. La norma habitual en este tipo de audiciones consistía en tocar el candidato hasta llegar a la reexposición del movimiento u obra. Sin embargo, Santiago hizo un ademán al presidente del tribunal para que Sofía pudiera finalizar el movimiento del concierto. Algo inusitado y poco frecuente. En pocos minutos Sofía completó su interpretación y quedó exhausta por el gran esfuerzo físico y mental al que había sido sometida. Había conseguido generar una atmósfera propia, donde los sonidos habían lograban efectos placenteros en sus oyentes. Los miembros del tribunal se quedaron mudos durante unos instantes. Sin ser consciente, lo había conseguido. Aquella mañana Sofía ejecutó la interpretación de su vida.

Cuando hubo terminado, enfiló la sala y salió por la puerta con paso firme sin mirar a nadie. Ni siquiera tuvo fuerzas para articular una palabra y despedirse de los miembros del Tribunal. La interpretación le había dejado en un estado de shock. Cruzó rápidamente el pasillo, entró en la sala de calentamiento y se lanzó a una silla. El resto de candidatos no pudieron evitar observarla con estupor. Se recompuso ligeramente y colocó su violín y el arco en su estuche. Enseguida le vinieron a la mente numerosos pensamientos en torno a su interpretación. Y aunque solía ser muy crítica con sus interpretaciones, intentó autoconvencerse de que había realizado una interpretación solvente. Las cartas estaban echadas.

Cuando todos los aspirantes finalizaron sus intervenciones, Luis Sáez, el secretario del Tribunal, irrumpió en la sala de calentamiento para informarles de los resultados del primer ejercicio. Comenzó a leer uno a uno el nombre de los seleccionados. El corazón de Sofía se aceleró súbitamente. Cuando ya había leído 9 nombres, el secretario finalmente pronunció su nombre. Sofía no pudo contener la emoción y se le escapó un pequeño grito. El resto de aspirantes la miraron con cierto recelo. Era la última de los 10 candidatos seleccionados, la única chica. Estaba dentro. Miró a sus adversarios. Inmediatamente identificó a dos de ellos. Se trataba del ruso Pyotr Kozlov y el chino Xiang Huang, ambos célebres y reputados concertistas de fama internacional, a pesar de su corta edad. “Entre ellos se van a jugar la plaza” -farfulló Sofía para sus adentros.

La siguiente prueba se llevó a cabo de acuerdo al mismo protocolo que la primera. En este caso, los aspirantes únicamente debían interpretar varios solos orquestales de una lista proporcionada previamente por el tribunal. Sofía había tocado con anterioridad en algunas orquestas no profesionales, por lo que disponía de cierta experiencia en este tipo de repertorio. Su intervención se realizó sin contratiempos. Puso a su disposición toda la experiencia y conocimientos que atesoraba en este tipo de pruebas y ejecutó los solos con rigurosidad y expresión contenida, de acuerdo al estilo de cada uno de ellos. Técnicamente su intervención fue excelente y además interpretó los solos con su particular emotividad y su personal sonido.

En esta ocasión, cuando finalizó su intervención sí pudo mirar a los miembros del tribunal y despedirse cuando abandonó la sala de audiciones. En efecto, pudo mirar a la cara a cada uno de los miembros del Tribunal. La interpretación que había llevado a cabo en el primer ejercicio le había proporcionado confianza y seguridad.

Sofía fue la última en realizar el segundo ejercicio, así que cuando llegó a la sala de calentamiento solo restaba esperar el veredicto del tribunal. Situó de nuevo su violín y el arco en el estuche y lo cerró. Miró a sus compañeros de audición. Hablaban entre ellos intercambiando impresiones. Tuvo la sensación de que era invisible para ellos. De repente, la puerta de la sala de calentamiento se abrió. En esta ocasión no era el secretario el que iba a informar del veredicto. En su lugar, Santiago apareció por la puerta. Los aspirantes se levantaron de sus asientos y Santiago saludo a todos y los felicitó por el alto nivel musical demostrado en la audición. El tiempo se detuvo unos segundos. Un silencio sepulcral inundó la sala. Santiago cruzó una mirada con Sofía, pero ésta no pudo mantenerla y la dirigió al suelo. Santiago comenzó a hablar: “estimados aspirantes, después de deliberar, hemos acordado por unanimidad otorgar la plaza de ayuda solista de violín de la Orquesta Nacional a la señorita Sofía García”. Enseguida se escucharon algunas exclamaciones por parte de algunos candidatos.

Santiago se dirigió hacia Sofía y le acercó la mano para estrechársela al tiempo que le transmitía su enhorabuena. Sin embargo, no hubo tiempo para estrechar las manos. Sorpresivamente Sofía entró en un estado mental de enajenación y la película de su vida musical pasó fugazmente por su mente: los inicios con su violín; las pruebas de acceso al conservatorio; los intentos de abandono en su etapa adolescente; los malos ratos en las primeras audiciones; aquellas sesiones de estudio interminables; sus primeros conciertos de cámara y con la orquesta; cuando se emancipó de sus padres y se fue a vivir a la ciudad compartiendo piso con sus compañeros de estudio; su graduación; su estancia en Alemania para cursar un Máster de Interpretación; los conciertos con su cuarteto de cuerda. Los ojos de Sofía se cerraron súbitamente y cayó desplomada sobre el suelo. La presencia de Santiago frente a ella, el esfuerzo físico y mental que había soportado, toda la presión a la que había sido sometida durante meses y la emoción del veredicto le provocaron un síncope que derivó de inmediato en un desmayo. Entonces tuvo un sueño. Aparecía en su sala de estudio de la casa de sus padres. Tenía 15 años. Una edad complicada, llena de cambios, nuevas experiencias vitales y búsqueda de su propia identidad. Estaba estudiando con su violín. Frente a ella, en la pared derecha se encontraban sentadas sus amigas del pueblo. En la pared de la izquierda, sus compañeras del conservatorio. En la pared frontal, en el centro, sus padres. Al lado de sus padres, un metro más allá, en la parte derecha, Pablo, aquel chico que tanto le gustaba, su primera relación. Y en la parte izquierda equidistante de Pablo, Carlos, su profesor de violín de los últimos años. De repente Sofía dejaba de tocar en un momento dado. Estaba enfadada, angustiada, desmotivada y se repetía a sí misma “no quiero seguir con esto, no puedo más! Esto es muy duro y aburrido para mí, y no sirve para nada!”. Al mismo tiempo, uno a uno comenzaban a salir de la sala sus amigas del pueblo. Después hacían lo propio sus compañeras del conservatorio, Carlos y, por último, Pablo. Solo quedaban frente a ella sus padres. Su madre le miraba fijamente y entonces le decía con voz pausada: “Sofía, si no quieres seguir y no disfrutas con ello, déjalo. Pero después no podrás revertir la situación. Toma la decisión tú misma, aquella que creas que es la acertada, de acuerdo a lo que sientas y a lo que te dicte tu corazón. Nosotros te apoyaremos en tu decisión sea cual sea”. Estas frases se repetían como un eco incesante en su sueño. Había entrado en una especie de bucle del que no podía escapar. La decisión iba a determinar inexorablemente su vida.

De súbito Sofía despertó de su sueño. Un montón de caras le miraban fijamente. Los candidatos y miembros del Tribunal le zarandeaban y le gritaban: “Sofía, estás bien, despierta; qué te ha pasado?” Frente a ella, rodeado de numerosos rostros, logró identificar rápidamente a Santiago. Estaba aturdida. No sabía exactamente qué había sucedido. No podía discernir qué había de realidad y qué de ficción en este escenario en  el que se encontraba. Santiago inmediatamente le espetó: “Enhorabuena Sofía, has conseguido la plaza, bravo!” Comenzó a escuchar aplausos y vítores por parte de todos los asistentes en la sala, y enseguida pensó que quizá todo había sido un sueño. Sin embargo, en cuanto Santiago le ayudó a incorporarse fue consciente en el acto que no había sido un sueño, más bien que había alcanzado su sueño. Aquel que comenzó a anhelar cuando con 15 años tomó la decisión en su sala de estudio, después de una conversación con su madre, de dedicarse profesionalmente a la música. Aquel por el que luchó en la sombra durante tantos años. Un sueño donde ella era la protagonista, donde actuaba en el Auditorio Nacional y conseguía remover las emociones de sus oyentes produciendo música con su violín. Donde disfrutaba enormemente produciendo sonidos con su instrumento. Donde no importaba cómo eras o qué pensabas. Donde lograba que sus oyentes alcanzaran un estado de felicidad, de bienestar, que se olvidaran de todo, solo con el sonido de un simple violín. Algo que solo la música es capaz de conseguir.

Escriba una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *